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lunes, 11 de febrero de 2013

Parodia del ordenador




- ¡Hola Don Gilbertmen!


- ¡Hola! Buenos días.

- Vengo a que recoger unos análise que me pidió mi médico.

- Lo siento, pero el programa informático no funciona y no puedo verlo.

- Vaya! Con lo ocupada que estaba...

- Lo lamento, si quiere vuelva más tarde....Lo mismo se arregla...

- No, da igual. Bueno de todas maneras también venia por el parte de baje.

- Ya le le comentado. Ejem... que el sistema informático no funciona. Quizás debería esperar a su médico, pero si le urge......

- No, yo realmente venía por los análise, aunque también venia a renovar la tarjeta.

- Para renovar la tarjeta necesito el ordenador, y antes le he dicho que el programa que nosotros utilizamos no funciona adecuadamente, con lo cual es imposible realizar esas gestiones.

- ¡Ojú con las modernidades! Pero es que ya no me quedan medicines.....

- Si usted me dice cuales son los que necesita se las realizo a mano.

- Pos todas... La blanca para la tensión, la de oriné, la otra pa...

- Perdone, perdone... Puff, verá usted. Así no sé. Me debería decir el nombre de cada pastilla.

- Pos ahí está. En el ordenador...

- Le vuelvo a repetir por tercera o cuarta vez que no funciona.

- Ah! po me hacen falta.

- Pues entonces, ¿por qué no me trae los cartones de los medicamentos para que pueda hacerle las recetas?

- ¿Hasta el cerro tengo que subir? Mi médico nunca me los pide.

- ¡Porque funciona el ordenador, señora!

- Bueno, se ve que hoy está usted de mal humor y que no quiere trabajé. ¡Buenos dié!

- ¡Buenos días!



Adaptación de la célebre "parodia de la magdalena" de Andrés Pajares a la Atención Primaria del Servicio Andaluz de Salud.


lunes, 4 de febrero de 2013

La llamada imposible.



Extraído de Qué.es


Creo en la comunicación.

En el ejercicio de mi profesión.
Tanto con el paciente como con compañeros y directivos

De hecho, tengo en la pared de la puerta de mi consulta mi facebook Gilbertman Garcia, mi blog Dr. Gilbertman....supongo, éste desde el que os escribo, y mi twitter @Gilbertman001.
Y mi correo electrónico doctoroscargarciaresa@gmx.es 

Faltaría poner mi linkedin Oscar Garcia Resa, aunque es fácil también contactar desde el mismo blog.

Pero hay una forma de comunicación que aún en el siglo XXI no tengo desde la consulta.

Y no es INTERNET.

Que también.

Sino un aparato que se patentó en el siglo XIX por Graham Bell.


Sí, habéis escuchado bien.
Tengo un teléfono en la consulta, pero solamente recibe llamadas.
No las realiza.

Entiendo que a veces se puede hacer un mal uso de las llamadas.
Y que es necesario un control de ellas por parte de la administración.

Pero aunque así fuera, creo que lo lógico es penalizar al infractor como corresponda.

A posteriori.
Nunca a priori.

Porque yo tengo que proporcionar información a mis pacientes.

Y creo que esas conversaciones deben ser en mi lugar de trabajo.
Es decir, mi consulta.

Y no llamar desde otros lugares dónde la confindecialidad puede jugar malas pasadas.

Este tema fue un elemento comentado por mí hace unas semanas. 

Y una amiga, Carmen Gómez, responsable de Sistemas de Información en Distrito de Atención Primaria Poniente de Almería, @carmengmz, me comentó que se podía hacer.
Que podía tener línea al exterior.

Bien, comentado con mi Directora de Unidad de Gestión Clínica, aún no he conseguido poder llamar con mi teléfono desde la consulta.

Y me consta que lo está intentando.

Dos reflexiones.

Para empezar, creo que no tendríamos que pedir algo que por definición deberían formar parte de la composición mínima de la mesa de un Médico de Atención Primaria.
Al mismo nivel que podría estarlo el ordenador.

Segundo, que ya que no viene instalado el teléfono de serie, sería menester que si algún compañero solicita llamadas al exterior, se le suministre sin tener que buscar al responsable como el que busca a Wally en los libros de dibujos.

Quisiera saber si los compañeros de Atención Primaria de Andalucía tienen el mismo problema que yo, o es circunstancial a mi entorno.

Porque manda narices que, a veces, se nos va la boca con web 2.0, 3.0 y superior, y lo que cuesta poder hacer una simple llamada desde tu consulta.

martes, 29 de enero de 2013

La madre del muchacho que no era paciente.

 Extraída de MenceyMacro.

Hay una entrevista clínica que habitualmente me pone de los nervios.

Y es aquella típica en la que una madre acompaña a su hijo al médico.

Siendo éste el supuesto paciente.

Pero cuando hablamos de un hijo, no nos referimos a un niño.
No.

Nos referimos a un hombre como un camión de grande.

Un chaval de más de veinte años de edad.

Fuerte.
Bien desarrollado.
Con aspecto de una salud envidiable.

De esos que se encuentran por encima de la media en cuanto a talla.

Será más fácil que este tipo de visitas médicas ocurra por la tarde.

Ya que el chico en cuestión es casi siempre estudiante.
Con mayor o menor suerte en los estudios.
Que eso es lo de menos.


El asunto médico es, a veces, tan importante que el joven se salta las clases.
Con la connivencia de la madre.
Por supuesto.
Y en estos casos, las menos, las visitas serían por la mañana.


Una característica necesaria en estos pacientes es el sexo.
Siempre será varón.

Porque las chicas suelen ser más despiertas e independientes.

Y por supuesto menos manipulables.

Por tanto no proceden en este tipo de entrevistas.

La madre también presenta una serie de características particulares.

Suele rondar los cincuenta años.
Arreglada para la ocasión.
Manipuladora y verborreica.

Está en este mundo por una cosa.
Un sola razón.
Ella es la única que sabe lo que le conviene a su hijo.

Y ha llegado con una misión vital e importantísima al centro de salud.
Contar lo que tiene que contar.
Conseguir lo que tiene que conseguir.
Quiera o no quiera el hijo
 
Vayamos al grano.
Se abre la puerta.
Y, primero, entra el chaval en la consulta.

Pasa sin saludar y se sienta.

Esto se puede obviar a veces.
Porque el médico es el primero que da las buenas tardes.
A lo que el chico sí suele responder con educación.

Décimas de segundo detrás entra su madre.
Ella sí saluda.
Y también se sienta.

Tras confirmar quién es el paciente en cuestión, se le pregunta qué le pasa.

A partir de ahí toma el hilo de la conversación la madre.

Nos cuenta que su hijo come mal.
Está flojo y con menos fuerza de lo habitual.

Tras una mirada somera a los biceps hipertrofiados del muchacho, pregunto desde cuándo.

La madre sabe la respuesta.
Ya hace tiempo, nos dice.

Aprovecho que la señora tiene que respirar tras una frase muy larga para echar una nueva mirada al muchacho.

Vemos un chico acomodado en su silla.
Con la mirada perdida.
Pensando en cualquier cosa salvo en que se encuentra en la consulta del médico.

Intento orientar la entrevista hacia el joven.
Me dirijo a él.
Le pregunto que cómo se encuentra.
Cansado, dice. 

Se establece una conversación en la que el paciente contesta con monosílabos.
A veces ni eso.
Realizando gestos afirmativos o negativos ante las preguntas que le hago.

Respuestas que nunca aclaran la versión dada por la madre sobre su estado de salud.

Es habitual, además, que la mujer intente intervenir una y otra vez a pesar que utilizamos todos los conocimientos de comunicación verbal y no verbal para abstraerla de la entrevista.

Tras terminar una anamnesis confusa decido realizar la exploración.
E invito al paciente a ir a la camilla.

Exploración física completamente normal, como no podía ser de otra forma.

El chico vuelve a sentarse.
La madre no se ha movido en ningún momento de la silla.

No he empezado aún a decir que su mozalbete está como un roble, cuando esa madre saca lo que realmente ha venido a decir.
Su misión.

Que se le haga un análisis a su hijo.

Vuelvo a mirar al chaval.
Mirada abstraída de nuevo. 

Comienza un pulso.
El del médico con la señora que engendró al paciente.

Pulso en la que, por supuesto, el médico tiene mayores argumentos para convencer de la no necesidad de hacer un análisis absurdo a un chico sano.

El chico estupefacto ni apoya ni deja de apoyar a su madre.

Tras mucho esfuerzo y conseguir no realizar un análisis que sería totalmente inefectivo, la madre sale un poco contrariada.

El hijo no.

La madre sabe que ha perdido una batalla, pero habrá más.

Y estará mucho mejor preparada para la próxima.

Eso es seguro.